Aunque estos temas son favoritos recurrentes del mundo del arte, en su mayoría enturbiaron los posibles diálogos entre las piezas yuxtapuestas en espacios saturados. Esto era evidente en un rincón abarrotado con Hypnotic Screen 2 (2020) del artista y cineasta Miguel Calderón —una fila de 14 pantallas de proyección independientes con agujeros cada vez más grandes recortados en ellas— y The Balance of Improbabilities (2017), su serie de 13 fotografías de sitios turísticos en decadencia. Calderón, hoy de 50 años, cofundó en los años noventa el espacio artístico La Panadería y durante mucho tiempo fue conocido como un enfant terrible. Junto a estas obras se encontraba Our Victory (2019–20), de la artista de 34 años Julieta Gil: cuatro imágenes rosas de renderizaciones digitales del Ángel de la Independencia, el monumento más reconocible de la Ciudad de México, cubierto con grafitis de protesta feminista.
Los artistas emergentes parecían añadir relevancia y peso simbólico a los artistas consagrados a quienes el museo ha dedicado históricamente su atención, y al trazar líneas entre lo establecido y lo joven, el Museo Tamayo buscaba anclar su legado en el futuro incierto que la pandemia ha dejado al descubierto. Esas conexiones a veces eran frágiles, pero para Madeline Jiménez Santil, artista emergente incluida en la muestra, la estrategia tenía sentido y, afortunadamente, también estuvo acompañada de generosidad. “La estructura conceptual terminó siendo el aspecto menos importante para mí; el gesto principal fue el reconocimiento institucional de lo que estaba sucediendo en la escena local: una disposición a ver la bola de nieve que se venía encima”, afirma.







