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Mis árboles son los manteados: copas rosas en primavera, azules en temporada de lluvias. Como follajes, dejan pasar rayos de sol o chorros de agua por las brechas. Mis ramas son los tubos y lazos que se entrecruzan, crean caminos por donde escurre el tiempo y el bullicio: los gritos de los vendedores, el sonido chillante de una bocina rota, el balbuceo del regateo, el repicar de los zapatos sobre el adoquín... Ese ruido fue mi primera lengua: el sonido que enseñó a mi oído y moldeó mi palabra, que convirtió el caos del tianguis en un bosque vivo donde aprendí a hablar y a escuchar.
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Vista de instalación: Mi bosque es el tinaguis, estos injertos son mi lengua, Campeche, CDMX, 2026
Cortesía del artista y Campeche, Mexico City
Fotos por Ramiro Cháves
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Abarcando video, dibujo e instalación, este proyecto indaga en la propia dicotomía lingüística del artista, que reside en la pérdida y subsecuente búsqueda de su lengua materna: el p'urhépecha de sus abuelos, vacilante en la generación de sus padres y casi olvidado entre los jóvenes cheranís, la generación de Xharicata. La tensión entre sus orígenes p’urhépechas y el español impuesto por relaciones asimétricas heredadas de la colonia, es asociada por el artista con el concepto de injerto –una práctica botánica común que consiste en la unión de un tejido vegetal sobre otro ya enraizado; lo observó de su abuelo paterno, quien solía injertar duraznos sobre árboles de tejocote.
Esta metáfora sirve como modelo para ilustrar cómo algo permanece existiendo al encarnarse en otra cosa: Salvador concibe el lenguaje y la identidad en tanto sistemas de prácticas, gestos y formas en constante hibridación y mutación. El injerto atraviesa la exposición bajo la forma de brotes de nurite, una planta que crece en las barrancas de Cherán, que se utiliza para aliviar la ansiedad y malestares digestivos.
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Injertos para un bosque de Nurite , 2026
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La presencia simbólica del bosque también articula la exposición, al igual que organiza indirectamente la vida, historia e identidad cheranís. A diferencia de muchos p’urhépechas, Salvador no creció en el bosque, sino en el tianguis en el que trabajan sus padres, a quienes acompañó desde niño en sus recorridos por la región. En la exposición, la cultura material ligada al bosque adopta la forma de un puesto de tianguis fragmentado. Injertados con tallos de nurite unidos mediante vendajes, los tubos metálicos desarmados representan un ejercicio que juguetea con lo absurdo, y que resulta sin embargo indispensable como gesto de regreso a la vida comunitaria y a una práctica que alguna vez le fue destinada.
La práctica de Salvador habita lo que él designa como un espacio intermedio, un lugar lingüísticamente incierto, donde la plasticidad del lenguaje se vuelve evidente. El lenguaje es cuerpo, es materia y forma; es saliva, cansancio, respiración, balbuceos, texturas y movimientos; gestos contenedores de una memoria corporal, que antecede y excede la palabra hablada.
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Vista de instalación: Mi bosque es el tinaguis, estos injertos son mi lengua, Campeche, CDMX, 2026
Cortesía del artista y Campeche, CDMX
Fotos por Ramiro Cháves
